La Cumbre de Polonia, ¿tenemos razones para tener esperanza?

Por Jaime Abedrapo R.

       Dicen que la esperanza no se debe perder ya que sin ella la política pierde sentido, sobre todo cuando está en juego el futuro de la humanidad. Si vemos como en las últimas décadas han evolucionado conceptos como el derecho al desarrollo desde la perspectiva de la sostenibilidad, entenderemos que hemos ido tomando conciencia sobre la amenaza que representa el desarrollo global cuya principal expresión es el cambio climático.

       A pesar de esta nueva toma de conciencia, la política mundial no ha tenido el nivel para tomar acciones que eviten un escenario de autodestrucción. ¿Por qué? Entre otros elementos, han sido los intereses de los estados, la codicia de algunos, la falta de convicción de otros o el vivir el aquí y ahora ante mis electores, quienes no están dispuestos a sacrificios que permitan reducir significativamente las emisiones de gases de efecto invernadero, los que han facilitado la depredación y descomposición de nuestro entorno. Algunos países cautelan su estilo de vida y con ello una sobreexplotación de recursos cuyos subproductos no pueden ser absorbidos por el planeta. Ese afán de progreso material individual y colectivo insaciable fue denunciado por Mahatma Gandhi en su obra “Mi Socialismo” de a mediados del siglo XX.

       Llegamos a la Cumbre Polonia con el tema de siempre; buscar estrategias para descarbonizar la matriz energética. El tema ha sido recurrente en las cumbres y conferencias medioambientales: Sus resultados han estado muy por debajo a los esperado o comprometido. Recordemos que científicos en paneles de las Naciones Unidas han sostenido que, durante este siglo, deberíamos evitar que la Tierra aumente su temperatura en dos grados Celsius, ya que ello sería el principio del fin de la vida terrestre ¿Será Polonia el punto de inflexión?

       Recordemos que el Club de Roma elaboró en 172 el informe “Límites al Crecimiento” en el cual se señalaba la necesidad de un desarrollo sostenible. Este provocó una reacción visceral en distintas potencias entendiendo aquello como un freno al crecimiento y al desarrollo.

       Posteriormente se realizó en 1972 en Estocolmo la Primera Conferencia de Naciones Unidas sobre Medio Ambiente denominada “Educar para Comprender el mundo”; La siguió en Georgia el año 1977 la Conferencia de la UNESCO denominada “Crisis Ambiental y Educación Ambiental”. Ambas instancias significaron la articulación de los autodenominados escépticos quienes – financiados principalmente por empresas de hidrocarburos – niegan el cambio climático.

       Será en el Informe Brundtland de 1987 “Nuestro Futuro Común” que el desarrollo sostenible comienza a percibirse como la única estrategia eficaz para evitar las consecuencias del cambio climático acelerado por la acción humana (¿O deshumana?). Al respecto, en 1990 en el informe “Cuidar La Tierra” se planteó la ética de vivir sosteniblemente y la necesidad de conservación de las especies que están en riesgo de extinción producto del cambio climático.

       Esa fue la antesala de la Cumbre de Río de 1992, la legendaria cita mundial que fue testigo de la falta de compromisos entre los estados, los cuales solo consiguieron ponerse de acuerdo en terminología y conceptos, pero no en acciones conjuntas relevantes para revertir la tendencia contaminante global. El documento de Río sostuvo que: “el derecho al desarrollo debe ejercerse en forma tal que responda equitativamente a las necesidades de desarrollo y ambientales de las generaciones del presente y futuro”. Un avance formidable en lo conceptual y retórico que al parecer las futuras generaciones no alcanzarán a conocer.

       Otros esfuerzos loables para contrarrestar el cambio climático han estado circunscritos a Europa, bloque político y económico que pierde competitividad e influencia en el sistema internacional a manos de potencias que tienden a minimizar las consecuencias del cambio climático y a no comprometerse para no perder competitividad.

       Así las cosas, llegamos a Paris 2015, el cual fue un llamado urgente a alcanzar acuerdos sobre compromisos concretos que mitiguen las causas del cambio climático. A tres años de este evento, no ha habido mucho para esperanzarse: existe consenso en que las medidas adoptadas por los Estados son insuficientes para lograr la meta de evitar un calentamiento global de grados Celsius.

       Entonces, ¿Hay alguna razón para estar optimistas de lo que pueda salir de esta nueva cumbre? Todo indica que no y la razón para ello se encuentra recogida en Evangelli Gaudium del Papa Francisco, documento en el cual señala que:

“el gran riesgo del mundo actual, con su múltiples y abrumadoras ofertas de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien”.

       Ojalá estemos equivocados, pero por si los estados no avanzan sustantivamente en acuerdos que cambien la tendencia al calentamiento global y los ciudadanos no hacemos nada, entonces seremos cómplices del camino de autodestrucción. No hay excusas para ponernos en movimiento y hacer cuanto esté a nuestro alcance en nuestras acciones cotidianas.

El centro de estudios Democracia y Progreso considera que el presente documento constituye una contribución valiosa para el debate público de nuestro país. Las opiniones vertidas en el mismo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten.

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