Marx en mi vida.1

Por Ernesto Tironi.

       Este año se cumplieron 200 años del nacimiento de Marx. Tanto en círculos académicos y literarios como en los principales medios de comunicación del mundo (incluyendo sus cartas de los lectores) se ha observado una polémica muy interesante sobre el pensamiento de Marx. También sobre su influencia social y política en el último siglo y medio de nuestra historia.  Sería absurdo decir que él y su principal libro “El Capital” no han tenido influencia. Probablemente, después de la Biblia y los otros libros en que se basan las grandes religiones, es el que más ha afectado las vidas de millones de personas.

       Lo interesante es preguntarnos no sólo sobre en lo que los escritos de Marx pudieron haber influido, sino qué hizo que tantas personas, gobiernos y países completos los hubieran escogido como guía, ideología y biblia: como el marco interpretativo e inspiracional de sus acciones. ¿A qué inquietudes, aspiraciones, traumas y frustraciones de tantas personas proveyó respuesta? ¿Qué aspectos de sus vidas adquirieron sentido los llevó a asumir esa doctrina con tal fervor?

       Habrían muchas explicaciones o respuesta posibles para estas preguntas. Podemos citar dos en los extremos: que quienes han abrazado el marxismo son personas idealistas que buscan una sociedad más justa, igualitaria y fraterna.  En el otro extremo, podría decirse que las consignas e interpretaciones de Marx han sido secundadas por personas dominadas por el resentimiento, la envidia y las ansias de poder. ¿Cuál de estas dos respuestas o visiones será más exacta o realista? ¿Qué consecuencias tendría asumir una u otra interpretación para efectos de pronosticar si el marxismo tiene futuro todavía o es un pensamiento en extinción con el devenir de la tecnología y la sociedad moderna?

       No sé si habrá mucho escrito sobre este tema.  Me gustaría escuchar la visión de algunos lectores. Por mi parte quisiera contar mis propios encuentros con Marx. El primero fue en los últimos años de colegio, donde aprendí que fue un filósofo alemán que pronosticaba el fin del capitalismo basado en una nueva teoría de la historia: la de tesis y antítesis. El segundo fue en la Universidad donde tuve compañeros con quienes compartía valores que habían leído las obras de Marx y empezaban a declararse revolucionarios marxistas.

       Decidí leer El Capital, y lo encontré un libro inteligente y atractivo: con una muy consistente, ordenada y simple visión de la historia humana y de la sociedad. Explicaba aparentemente muy bien cuestiones fundamentales, como, por ejemplo, hacia dónde avanza la humanidad, cómo hemos llegado a la sociedad de hoy y qué es lo que nos espera en el futuro.

       Pero también había muchas cosas que no me cuadraban. Sobre todo, la relación entre lo que Marx y quienes se declaraban marxistas decían y lo que pasaba en los países que habían abrazado el socialismo inspirados por Marx: las dictaduras, el totalitarismo, el expansionismo militar soviético en Europa Central y Asia, los estados policiales, los gulags, las revoluciones culturales y el nulo respeto por los derechos humanos.  Se decía primero que eso no era verdad, que eran inventos de la prensa capitalista o que era una etapa y había que darle tiempo al socialismo para que diera todos sus frutos (¿Suena parecido a lo dicho por algunos hoy respecto a Cuba y Venezuela?). Eso lo creí en parte por un tiempo. Al compartir muchos de los valores que lo inspiraban, me interesé en alternativas mixtas, como el socialismo comunitario de Yugoslavia y el de mercado de Hungría. Incluso investigué y escribí sobre ellos en mi primer quinquenio de egresado de la universidad, aproximadamente en 1975. Además, lo había hecho con anterioridad pensando mucho en una alternativa para Chile en los tiempos de la Unidad Popular.  Pero la evidencia sobre los abusos, excesos e inhumanidad de los regímenes comunistas se hizo abrumadora con el transcurrir de los años. Entre las declaraciones de los marxistas y la realidad que producen cuando llegan al poder, escojo sin vacilar creerle a los hechos. No creo ya en sus proclamas, porque no viven de acuerdo a ellas cuando llegan al poder. Usan sus lemas para enganchar a idealistas y especialmente a los jóvenes como me pasó a mí.

       Hasta allí mi experiencia personal, y apenas habré hablado alguna vez con alguien sobre ella, hasta cuando en semanas me encontré con un libro del historiador Paul Johnson sobre el tema: “Los intelectuales”. Brillante. En él examina las contradicciones o incoherencias entre lo que escribieron una docena de intelectuales eminentes desde el siglo XIX y las vidas personales y familiares que tuvieron, así como sus carácteres y acciones en ese dominio. Entre ese grupo, Marx destaca como uno de los más incoherentes.  Propuso una teoría “científica” de la historia, pero nunca usó métodos científicos para probar sus hipótesis. Habría sido más bien un académico frustrado porque no lo contrataron en ninguna universidad, ni alemana ni inglesa, a pesar de sus esfuerzos. Hablaba de justicia, igualdad y una sociedad más humana y no fue capaz de cuidar a sus propios hijos. Proclamó la supremacía del trabajo sobre el capital, pero él nunca trabajó bajo contrato, viviendo de varias herencias dejadas por parientes.

       Johnson considera que Marx se puede caracterizar como un poeta, un periodista y un moralista. Nada de científico. Un poeta catastrofista fascinado con su idea de que la sociedad capitalista de su época estaba condenada a desaparecer, que buscó argumentos y evidencias torcidas, atrasadas e incompletas para buscar confirmar su creencia. Y es su lado poético el que confiere drama y épica a su proyección histórica, fascinando así a sus lectores radicales que quieren creer que el juicio final al capitalismo es inminente. También fue un buen periodista (único título universitario que consiguió), muy hábil para usar frases cortas, filudas y provocadoras. Muchas de las más celebres que se le atribuyen como, “Los proletarios no tienen nada que perder, excepto sus cadenas”, “La religión es el opio del pueblo” o “¡Trabajadores del mundo, uníos!, son de otros autores. Finalmente, Marx según Johnson, estaba impulsado por un moralismo casi enfermizo contra el dinero, que se habría originado en sus dificultades personales con el mismo. Lo escribió en su artículo “Las cuestiones judías”. Odiaba la usura y a los prestamistas porque dependía de ellos ante su incapacidad para obtener un trabajo estable y de administrar sus bienes. En fin; habría bastante más que agregar, pero hoy creo comprender más las reservas que he tenido a lo largo de mi vida con Marx y el marxismo, tanto sus resultados concretos como por la principal fuente donde se inspiró, que probablemente de manera inconsciente toca ansias frustradas, heridas y dificultades ancestrales de muchos de nosotros.

El centro de estudios Democracia y Progreso considera que el presente documento constituye una contribución valiosa para el debate público de nuestro país. Las opiniones vertidas en el mismo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten.
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1. Una versión anterior de este artículo fue publicada en El Líbero el 14 de diciembre del 2018.

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