¿Cómo potenciar conductas éticas en una cultura democrática?

Jaime Alberto Salas Téllez,
Docente; Periodista post-graduado en
Economía de la Salud FEN UCH

       A menudo se enfatiza que se deben potenciar conductas éticas en la esfera pública. El no hacerlo deteriora la confianza y la credibilidad de la ciudadanía con la institucionalidad vigente.  Para quienes estamos en política, ocupando un cargo en la administración del Estado, militando en algún conglomerado o adhiriendo a uno de los tantos movimientos surgidos en el último tiempo, se hace evidente que no es menor el llamado a que prime la ética en nuestro quehacer diario.

       Antes de actuar es necesario formularse algunas interrogantes para no dar origen a conductas reñidas con la ética y la moral: incumplimiento de la palabra empeñada, dejar problemas a otros y para mañana, privilegiar el amiguismo sobre la responsabilidad, la simulación y la dilación del trabajo, o más grave aun cuando se transgrede la ley con prácticas de cohecho. La conversación superficial que desdeña a la verdad, la verdad relativizada empuja a la ética, hasta hacerla estéril. Sin embargo, no se puede soñar en construir un país sin una ética firmemente arraigada en sus ciudadanos, por eso es ineludible insistir en ella. Al actuar uno debiese preguntarse: ¿es ético o no lo que voy a realizar?, ¿debo o no hacerlo? y, por último, ¿estoy actuando bien?

       Las conductas éticas refuerzan la fe pública y le permiten al ser humano ser feliz: recuperar su integridad y apuntalar la de los demás. Se trata de un círculo virtuoso. Para evitar malos entendidos, feliz no implica sin dolores y/o sufrimientos, pero si paz del alma, convicción de triunfo y sentido de vida. Esto significa encontrar el sentido del esfuerzo y su cansancio, la familia y sus alegrías y dolores, el estudio y sus logros. En palabras simples, de disfrutar de la vida, los amigos, los hijos, de una puesta de sol, con la tranquilidad de saber que se actuó bien, y no sólo para sí mismo, sino que también para otros.

       Cuando un ser humano incurre en prácticas antiéticas o amorales, satisfaciendo sus propios intereses por sobre el bien común, sin darse cuenta al principio, se autodestruye o se empequeñece.  Así lo planteó, por ejemplo,  el psicólogo estadounidense Lawrence Kohlberg en su famosa tesis doctoral de 1958 acerca del desarrollo moral de la conciencia.

       Los sujetos que se apartan de la norma para favorecer sus propios intereses, afirma Kohlberg, “se mueven como sujetos aislados más que como miembros de una sociedad, debido a que no se identifican con los valores de la familia o de la comunidad”, como sucede en estados más avanzados de desarrollo moral de conciencia. Etapa que el autor denomina “convencional” y que se refiere a las normas y convenciones que nos hemos dado para poder convivir en sociedad.

       Sí, porque quienes se sienten parte de la sociedad y alcanzan lo que Kohlberg denomina la “autonomía moral”, son leales con las instituciones sociales vigentes. Para este grupo, cumplir con la norma y preceptos éticos trae como resultado el bien común y, lógicamente, el propio bienestar.

       Siempre habrá un grupo de individuos tratando de satisfacer sus propios intereses y asumiendo el riesgo que ello implica. Existirá una mayor frecuencia de esas conductas si el riesgo a ser expuesto es bajo, por falta o laxitud de normas o por aplicación discriminatoria de criterios en favor de ciertos grupos privilegiados.  Para graficar mejor lo que esto significa, consideremos  como ejemplo a un sujeto que no es autónomo moralmente (heteronomía moral) y que para llegar más rápido a destino se pasa una luz roja, asumiendo como riesgo que le cursen una infracción, versus otro, con autonomía moral, que no incurre en esa conducta, porque podría generar un accidente fatal, tanto para él como para un tercero.

       Lo mismo sucede en política. Siempre habrá un grupo de individuos tratando de satisfacer sus propios intereses y asumiendo el riesgo que ello implica, dejando de lado la lealtad con las instituciones vigentes y otro, mayoritario, velando por el bien común, dialogando y llegando a acuerdos.  Pero como suele suceder con las malas prácticas, estas son amplificadas por los medios de comunicación y la ciudadanía se queda con la impresión de que “todos los políticos son corruptos o que todos roban”, lo que no es así.  Por lo mismo, ante la realización de cualquier actividad -tanto en el ámbito público como privado- es imperioso formularse las tres interrogantes que enumeré al comienzo.

       Pero cabe preguntarse, ¿qué es lo ético? en una sociedad como la nuestra, que cree que su futuro depende sólo del dinero y no del actuar recto.  Respondiendo correctamente a esta interrogante estaremos en condiciones de dignificar el quehacer político y devolverle a la población, la confianza y credibilidad en las instituciones vigentes. Parece sencillo, pero no lo es.

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