A 45 años del Golpe Militar.

23 de agosto de 2018

Por Mariana Aylwin O.

«En este mundo traidor / nada es verdad ni mentira / todo es según el color / del cristal con que se mira»

¿Cuánto hay de verdad en esta visión del famoso poema de Ramón Campoamor?

A 45 años después del golpe militar nos encontramos debatiendo sobre la memoria. Para algunos, ésta no vale sin una explicación histórica. Para otros, pareciera que cualquier intento de poner una mirada histórica constituiría una justificación de las graves violaciones a los derechos humanos ocurridas durante la dictadura militar. Citando a Lucía Santa Cruz en una columna reciente, es justamente la historiografía la que lucha contra los intentos autoritarios “para manipular la historia y controlar la memoria”. Por eso los países necesitan memoria e historia.

De allí la importancia de este debate, pero también de la investigación histórica; no solo la  testimonial, sino aquella que se va enriqueciendo con respuestas a distintas preguntas e interpretando con diversos enfoques. Falta mucho por recorrer para llegar a esa mirada desapasionada. Varios de los que estamos aquí, vivimos el golpe miltar, su tiempo anterior y, por cierto, el posterior. Estuvimos en posiciones opuestas, en un contexto de extrema ideologización, donde no había adversarios sino enemigos. Por lo tanto, no es irrelevante que hoy podamos estar juntos compartiendo nuestras perspectivas.

En lo personal me resulta interesante, pero también inquietante, cómo cambian las visiones de un mismo hecho dependiendo del tiempo y de las propias preocupaciones. Si uno mira las reflexiones de cuando se cumplieron 20 o 30 años del golpe militar, primaba una visión crítica y autocrítica del proceso que condujo al quiebre de nuestra democracia. Al contrario, diez años después y probablemente hoy también, el foco está puesto fundamentalmente en sus consecuencias. Se entiende que en los primeros años de la transición hubiera una conciencia mayor de la necesidad de cuidar la naciente democracia y de evitar las confrontaciones que llevaron a su quiebre.  Luego, el tiempo se encargó de alejar ese fantasma. El gobierno de la Unidad Popular ha resurgido para muchos como un paradigma de cambio social – cuando se demanda el cambio del modelo – y el Presidente Allende como un mártir de esa causa. Entonces no importa cómo se llegó al golpe militar. O bien se simplifica: fue la confabulación del poder del capital, del imperialismo norteamericano, de la derecha defendiendo sus intereses, de un sector de democratacristianos derechistas, en contubernio con los militares, para impedir una revolución que tenía como objetivo cambiar el sistema para terminar con la injusticia social.

Mi interés hoy día es aprovechar esta conmemoración para recordar todo el dolor y el horror; desde el bombardeo a La Moneda, la muerte del Presidente de la República, las persecuciones, los fusilamientos, las desapariciones y el exilio, los cuales trajeron consigo el deterioro gradual y progresivo de una tradición democrática de la cual nos sentíamos orgullosos. Esa fue la causa principal del golpe militar.

Es cierto que había un contexto internacional enmarcado en la Guerra Fría. Es cierto que estábamos bajo la esfera de influencia de Estados Unidos y también del influjo de la Revolución Cubana. Es cierto que en Chile y Latinoamérica éramos pobres, había miseria y desigualdad, mucho mayor que la de hoy día. Es cierto que vastos sectores políticos veían en la sustitución del capitalismo el camino hacia la dignidad del pueblo y de los excluidos. Primero La Revolución en Libertad y después la Revolución Socialista representaron distintos caminos para lograr esos objetivos.

Pero también es cierto que, en ese transitar desde fines de los años sesenta la violencia fue sustituyendo la capacidad de diálogo: “Le negaremos la sal y el agua” al gobierno de Frei Montalva. Se fue imponiendo la consigna de “avanzar sin transar”.  La sociedad chilena se dividió politicamente en tres tercios cada uno con proyectos globales y excluyentes. Durante el gobierno de la Unidad Popular se fue sustituyendo el Estado de Derecho por la vía de los hechos: tomas de fábricas y de campos así como uso de resquicios legales para expropiar.

No se logró acordar una reforma constitucional para establecer tres áreas dentro de la economía. Al contrario, la política económica del gobierno siguió por un derrotero que generó una crisis de proporciones, con paralizaciones, desabastecimiento, inflación.  Asimismo, hubo intentos de espíritu – no del gobierno, pero tolerados por éste o sobrepasado por grupos extremos – tales como las tomas de canales de televisión. Así lo reconocieron el poder legislativo, el judicial y la Contraloría General de la República.

En este marco de deterioro progresivo de la democracia, no se puede eludir el hecho de que el partido socialista ya había aceptado en sus congresos de Linares (1965) y de Chillán (1967) la opción de la lucha armada para construir la nueva sociedad. El propio Salvador Allende participó y fue gestor en Cuba, junto a Fidel Castro, de la OLAS (Organización Latinoamericana de Solidaridad) que propiciaba la vía armada, si bien sostuvo para Chile un camino distinto. La formación del MIR respondió a la misma convicción. En su congreso de La Serena (1971) el PS radicalizó aún más su posición.  Por su parte, el partido comunista advertía sobre una guerra civil. Por lo tanto, no se puede afirmar que sólo fue la resistencia reaccionaria, que sí existió, la que provocó la polarización extrema y los frecuentes llamados al enfrentamiento durante el gobierno de la Unidad Popular.

Un amplio sector de la izquierda consideraba que la democracia era “burguesa” y propiciaba la conquista del poder total.  No fueron capaces de ver que eran minoría y que necesitaban hacer alianzas para gobernar. Y, aunque el Presidente Allende tenía una trayectoria democrática, no pudo o no tuvo la suficiente firmeza para imponerse a los partidos que sustentaban su gobierno.

La pérdida del valor de la democracia y las actuaciones al margen de la legalidad fueron permeando a la sociedad. La derecha buscaba ostensiblemente la intervención militar desde los inicios del gobierno de la Unidad Popular como lo demuestra el asesinato del Comandante en Jefe del Ejército General René Schneider, intentando que Salvador Allende no asumiera como Presidente.  Posteriormente, muchos sectores sociales se fueron sumando al abandono de las convicciones democráticas, en un clima de división, descalificación, intolerancia, sectarismo y afectados por la grave crisis económica.

Cuenta Patricio Aylwin en su libro “El Reencuentro de los Demócratas” que en el Consejo Ampliado de la Democracia Cristiana – que presidía – realizado el 8 de septiembre de 1973, la mayoría de los presidentes provinciales del partido estaban por plegarse a la petición de renuncia del presidente de la República impulsada por la derecha.  La directiva tuvo que hacer un gran esfuerzo para convencerlos de acordar la búsqueda de una salida democrática – tal vez ilusoria – a través de la renuncia de diputados y senadores para provocar elecciones de nuevos representantes incluido el Presidente. Se sabe que Allende iba a convocar a un plebsicito el día del golpe. Pero ya era tarde para ambas iniciativas.

¿Se puede aprender de la historia?  Hubo un tiempo en que las reflexiones sobre la tragedia de la dictadura llevaron a una revalorización de la democracia por parte de aquellos que la habían desdeñado. Ello permitió ir gradualmente construyendo la unidad de las fuerzas políticas que habían estado confrontadas tan radicalmente antes del golpe militar. La mayor gesta en la lucha por recuperar la democracia fue el triunfo del NO, hace 30 años, un 5 de octubre, con la fuerza de la unidad y la convicción.

Pero hoy estamos en un escenario distinto. Ciertamente tenemos una democracia sólida y no existe en el horizonte una amenaza parecida a la de un nuevo quiebre como el de septiembre de 1973.  Pero tenemos otras amenazas: la del populismo y la de ser incapaces de lograr un desarrollo inclusivo en un futuro próximo. Lo que quiero destacar hoy es que, al contrario de lo que hicimos entonces, nuestro principal esfuerzo debiera estar en el fortalecimiento de las instituciones y la convivencia democrática.  Mejorarla significa generar un clima de respeto y de unidad más allá de las diferencias. La democracia hay que cuidarla. Su debilitamiento es el mayor riesgo para la gobernabilidad política, el crecimiento económico y la equidad social. Por ello cuestionar la democracia representativa y pretender cambiar la Constitución a través de asambleas es jugar con fuego. No se trata sólo de instituciones, sino también de prácticas: revela una debilidad de convicción democrática el presentar, por ejemplo, una acusación constitucional sabiendo que no hay méritos, “para hacer un punto político”.  La democracia exige grados de racionalidad, capacidad de argumentar, aceptar opiniones diversas y sobre todo, aceptar sus reglas, aunque sea para cambiarlas.

Necesitamos un marco de acción aceptado por todos, que revierta la sensación de que las instituciones y las leyes están hechas para defender privilegios y que permita recuperar credibilidad en el ejercicio del poder. Implica una responsabilidad de la clase política para tener altos estándares de probidad, desempeñar con sobriedad las funciones públicas, abordar las demandas sociales con la verdad acerca de lo que se puede o no se puede; con eficacia técnica y política, y con sintonía por las preocupaciones de la gente común, no sólo con los que tienen voz.  Requiere también un cuidado en el ejercicio de la política y en el de los medios de comunicación para no explotar odios y temores.

¿Vemos sólo desde el cristal con que miramos?

Vemos nuestra historia con diferencias. Pero aspiro a que tengamos un cristal común para valorar la democracia, imperfecta y perfectible, pero la única que puede construir el sueño de que cada persona sea respetada en su dignidad y pueda desarrollar una buena vida humana.

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