Ética y política

Por: Jaime Abedrapo

       Llegó la moralina; una minoría calvinista se toma el debate nacional y renueva prácticas de los tiempos de la Santa Inquisición, reeditando la cacería de brujas. Así, observan el fenómeno que interpela a un retorno de la ética en política, por buena parte de quienes han normalizado conductas y prácticas que tienen por objeto el poder como fin en sí mismo.

       Al respecto, y en búsqueda de la defensa de la política desde una aproximación humanista, se advierte que el poder sin sentido es el fin de la legitimidad en su ejercicio, incluso sin importar la propuesta programática que se presente. En efecto, nos referimos a un debate tan antiguo como el mismo nacimiento de las sociedades.

       Recordemos a Platón, Sócrates y Aristóteles entre tantos otros clásicos, quienes hasta el día de hoy son estudiados respecto a sus reflexiones en torno a las virtudes que debían cultivar los hombres que se dedican a la “cosa” pública (Res-pública).

       La escuela socrática tenía claro que la política, para tener sentido y permitir el desarrollo de la polis, debía contenerse al interior de la ética. En efecto, los actos de quienes son representantes de la “polis” no son inocuos moralmente; es decir, conllevan un juicio diferente al del ciudadano común.

       La historia ha sido testigo de los procesos de decadencia al que suelen desembocar el uso y goce del poder en sus distintas formas, pero además nos revela como se reconfigura el tejido social en base a un renacer de las virtudes cardinales en política (prudencia, justicia, fortaleza y templanza) las que dan nuevamente sentido a la acción política.

       En los períodos de decadencia se tiende a normalizar prácticas reñidas con la ética y se relativiza el juicio ante ciertos actos político – administrativos que van deslegitimando el quehacer público. En definitiva, la confusión más evidente se da en la relación entre los fines y medios idóneos en la acción política. Cuando cualquier medio es relevante si su objetivo es la mantención o aumento del poder, ya se colectivo o individual, es cuando la descomposición se hace más evidente.

       La apología al pragmatismo es una característica bastante común para identificar cuando las sociedades se van vaciando de un proyecto común. El “ser pragmático” se argumenta o recubre por medio de la eficiencia y la eficacia, puesto que se plantea una gobernabilidad lejana a los principios y valores a cambio de un equilibrio de modo de mantener y aumentar el poder al interior de la sociedad. Se trata del final de los proyectos de sociedad.

       Cuando los actores políticos están en esa lógica, la decadencia moral y el objetivo humanista se desdibujan, tendiendo a primar intereses subjetivos y una moral relativa, muy flexible a la adaptación o manipulación de los electores. Reencantarnos con la política es necesariamente una propuesta de sentido, una interrogación del ¿Para qué?, pero sin olvidar que el ¿cómo? que marca la legitimidad y constituye la esencia misma de la política. El arte de lo posible que busca el bien común.

       Lo transaccional de la política, si bien es un elemento sustantivo, no le da legitimidad a su acción. La legitimidad radica en que la negociación mantenga el norte de la gobernabilidad por los demás y para los otros; que el beneficio sea para el nosotros, entendiendo ello como “la comunidad”.

       Un sentido de orden justo y objetivo del bien común resulta irrenunciable para mantener la legitimidad del ordenamiento social y del proyecto común de sociedad. Así se renuevan esperanzas y nos distanciamos de sentimientos fatalistas y axiomas restrictivos en la conformación de la humanidad – comunidad. Todo ello gracias que somos seres ontológicamente libres. En fundamento a dicha libertad es que considerando la actualidad de la política en Chile pareciera muy necesario replantearnos sus ideas rectoras, sus valores y las virtudes que deben cultivar quienes gobiernan el país a través de los tres poderes del Estado.

       Esta necesidad no debe ser instrumentalizada tras el único objetivo de “bajar” a candidatos a cargos de representación popular o para trasformar los cuestionamientos éticos en un arma arrojadiza contra mi adversario político. Todo ello carece de ética.

       Deben estar de por medio los valores más trascendentales que permitan remozar la legislación que regula la conducta de quienes tienen y ejercen poder. Pero, por sobre todo, se requiere que atraiga a la labor política a quienes tienen sueños colectivos, proyectos de sociedad y un compromiso con la comunidad: es decir, que vengan a servir a los demás y no a sí mismos.

       Los ciclos políticos son parte de la realidad. La evidencia nos ha demostrado que el poder tiende a corromper. Un orden justo no será fruto de instituciones carentes de principios o de inconsistencias políticas entre el decir y el hacer. La ley muchas veces es insuficiente cuando no está inscrita en el corazón, es decir, cuando nuestro propósito no es el bien, sino un beneficio individual contrario a uno superior. Chile está pasando por una profunda crisis de normalización de actos impropios e incluso algunos evidentemente reñidos con la legalidad. Son un sinnúmero de instituciones las que arrojan evidencia de aquello. Por tanto, el retorno de la política a la ética se hace perentorio.

       En efecto, la situación de descomposición societal es resultado del proceso de normalización de la maximización de los beneficios individuales y un evidente distanciamiento a lo común. Paso a paso hemos aceptado comunas para ricos y otras para pobres, primera evidencia de la erosión del concepto de comunidad. Además, la sociedad tiende a reducirse a un mercado al cual debo sacar el mayor provecho sin importar los demás. La educación ha estado lejana de valores y principios (mala calidad). La amistad cívica se ha extraviado por varias razones, entre las que observamos la desconfianza y abuso en que vivimos a diario. Somos un número de planilla en las ISAPRES y AFP, asociaciones que rentabilizan a costa de nuestros esfuerzos de vida, sin conocernos, sin afecto común.

       Por ello, de alguna manera se explica la razón de que no haya día en que no tengamos noticias acerca de tráfico de influencia, cohecho, colusiones, desvío de fondos, financiamiento irregular de la política o corrupción en distintas formas. Todas manifestaciones de una sociedad enferma.

       El olvido del sentido y propósito de la política que se rige en los parámetros de la defensa de la dignidad humana y tiene como propósito el fortalecimiento del nosotros, la comunidad, es central para comprender la mala salud de nuestras instituciones republicanas.

       Tras el ejercicio de nuestra libertad, hemos errado el rumbo más que por un problema en el intelecto, por un asunto de principios. No es la falta de política la solución al proceso de descomposición de nuestra democracia, sino justamente la ausencia o secuestro de ella en manos de quienes entienden que esta se limita a lo transaccional y operacional. Cuando olvidamos que la política, con todas sus dificultades propias de un arte, es la actividad más noble al servicio de los demás, es cuando más se requiere que los verdaderos servidores públicos surjan desde el seno mismo de la polis.

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