La identidad socialcristiana en estos tiempos.1

Por Jaime Abedrapo

       ¿Qué es ser socialcristiano hoy? Al parecer, no existe consenso y es mucha la confusión respecto de cómo plantearse en política. En efecto, el partido inspirado en esta vertiente, la Democracia Cristiana (DC), no consigue acordar cómo desde el humanismo cristiano se interpreta su doctrina social para conducir la política en estos tiempos.

       En los hechos, más bien se habla de progresismo y de política de alianzas para promover reformas que apunten a una sociedad más justa e inclusiva – menos desigual – pero sin una visión de mundo presentada desde el humanismo cristiano. Lejos han quedado los tiempos en que las trasformaciones estructurales eran, por ejemplo, para los campesinos. En efecto, en el contexto del siglo XX, el humanismo cristiano encontró una respuesta a la necesidad de dignificar a las personas que vivían en el campo a merced de los latifundistas, sin títulos de dominio y sin derechos sociales básicos. En la lógica política de aquellos tiempos, la Falange y luego la DC dieron una respuesta trascendente y en la práctica trasformaron las condiciones de los más desamparados, avanzando en la construcción de un Chile más próspero.

       En aquellos años, el humanismo cristiano vino a ser una réplica al materialismo histórico presente en movimientos y partidos políticos de ese entonces, con una propuesta social no improvisada y articulada desde el seno mismo de la sociedad, de la mano con los que sufrían injusticias sociales.

       Hoy, inmersos en una sociedad más individualista en la cual el sujeto busca ejercer su voluntad sin restricciones y muchas veces a costa de la responsabilidad política y social. Pareciera que las ideas que promueve doctrinariamente el humanismo cristiano se enfrentan a un contrasentido si es que la estrategia es administrar poder, todo en un contexto en que los paradigmas han mutado vertiginosamente en las últimas décadas. En efecto, el ethos predominante aparenta ser mil veces más pragmático y menos afecto a las convicciones. Es por ello que, para muchos, el desafío de gobernar el país en medio de estas nuevas lógicas va acompañado de renuncias a lo identitario. El cambio social se guiaría por derroteros posmodernos, en donde la tradición y la doctrina se aprecian como lastres para conseguir más audiencia en la opinión pública. Incluso, muchos dirigentes están por eliminar la inspiración cristiana en la discusión partidaria interna de la DC.

       Lo anterior se complejiza aún más cuando en general los dirigentes políticos siguen comprendiendo el mundo desde la diada izquierda y derecha, quedando al descubierto una gran cantidad de “contradicciones”. Por mencionar algunas, la sociedad en que vivimos denota características más liberales de manera transversal en el sistema político representativo, por lo que mantener a personas de identidad socialcristiana divididas por razones históricas resta fuerza a la articulación de una política pública que provenga desde este acervo cultural-ideológico. Por otro lado, hay representantes del humanismo cristiano que mantienen alianzas con actores que tienen un constructo político según el cual el sector es percibido como un obstáculo para alcanzar su ideal societal. También existen desconfianzas políticas e institucionales que tienden a ser una característica central de la actuación política, cuestión que debilita los postulados y visión social del pan-humanismo y fortalece los del individualismo. Estos tres casos son sólo algunas de las contradicciones que explican las debilidades por las que atraviesan los actores que se reconocen como herederos de esta tradición filosófica.

       Hoy se requieren líderes que estén dispuestos a actuar con audacia, rompiendo esquemas a objeto de facilitar un diálogo socialcristiano, ya que con ello no sólo se generarían acuerdos políticos sustentables, sino que se presentaría una forma de enfrentar la deshumanización que se observa en nuestras relaciones interpersonales. En efecto, vivimos en una sociedad evidentemente más próspera que la del siglo pasado, pero más carente de afecto.

       La soledad en la que abandonamos a nuestros adultos mayores y la indignación por sus bajas pensiones; la indiferencia social con los niños que en Chile nacen en condiciones de vulnerabilidad; la banalización con que se tiende a discutir la situación de los inmigrantes; la exigencia constante por cristalizar más y más derechos sin una mirada de responsabilidad social, entre otros temas, son los que el humanismo cristiano debiera atender, centrando en la protección de la dignidad humana y sin importar la agenda del gobierno de turno.

       Hoy en día, el humanismo cristiano está convocado a extender los brazos al hermano y a crear comunidad; ya soportamos duros tiempos de desafectos.

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1 La versión original de este artículo fue publicada en El Líbero, el 25 de abril del 2018.

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