“Soltaste el Ancla y Liberaste el Cable”1

Por Eduardo Aninat U.2

          Inicio mi presentación con una cita del insigne poeta chino Ai Qing, padre del artista universal moderno Ai Weiwei. La cita del título refleja de manera bien sintética el sentimiento que me embarga sobre la necesidad imperiosa que tiene Chile de desprenderse – de una vez por todas – de una serie de fetiches, anteojeras y fallas del saber. Estas, como repetición majadera al cansancio, se instalaron en el país como “ideas dominantes” por largo tiempo. Sesgos propagandísticos que, si bien calzaban con eras de un Chile subdesarrollado, tensionado y de pocos recursos, ya la historia posmoderna los ha dejado como eslóganes casi de museo: es decir, útiles para una historiografía de fósiles.

          Chile ha tenido un progreso vertiginoso durante más de una treintena de años. Hoy experimenta una vorágine de cambios que impactan a todo el arco de la vida social ciudadana. Para bien o para mal de los sectores ideologizados y sectarios, ya el país no requiere de una lucha intransigente por buscar ese “Otro Modelo”, un fantasma erigido por algunas izquierdas de viejo cuño y nuevos ropajes.

          Tampoco requiere colocar como lema la frase “Estado versus Mercado”, la cual lamenté se usó también en la primera convocatoria de este magno encuentro. Centrar una discusión política seria y razonada para estos tiempos, en disyuntiva Estado versus Mercado, suena hoy en el 2018, en plena segunda década del siglo XXI, como a hablar de dinosaurios y mastodontes: una jerga jurásica.

          Esas categorías de instrumentos están cerca de ser sobrepasadas en la acepción paradigmática. Ya no son muy contributivas para gobernar, para crecer mejor ni para ayudar a modernizar, entre todos, el Chile que queremos. Una de las razones cruciales es que el mundo contemporáneo está inmerso de lleno en la cuarta revolución industrial. Una revolución de inspiración científico-tecnológica que posee inmensas derivadas civilizatorias. Producirá cambios fortísimos y acumulativos que serán factores macizos de transformación en las maneras de producir, de transar e intercambiar, de recrear, de explorar, educar y de habitar.

          Es en ese sentido de relevancia e impacto que entrar hoy a levantar la bandera del Estado de manera sesgada no hace más que volver el reloj de la historia de las ideas a unos 200 años atrás. En esa época, hace 200 años exactos, nacía el famoso pensador social, económico y político Karl Marx. Y como los dioses que manejan los hilos históricos son veleidosos e irónicos, cuando Marx veía la luz por primera vez sólo habían transcurrido 20 años de que falleciera el profesor de Glasgow Sir Adam Smith, progenitor de la ciencia económica moderna. Basta con observar los rostros en retratos del padre de los socialismos reales, don Marx, frente al del antiguo profesor Smith, autor de la mano invisible y del papel del mercado, para pensar que en pleno siglo XXI ha pasado ya demasiada historia; muchos regímenes gubernamentales y mucha guerra. Ha pasado mucho conflicto y sufrimiento, acompañado de fuertes progresos materiales, como para pensar que enfrentar las derivadas ideológico-sociales de las dos escuelas nombradas pueda tener ahora algún sentido de interés.

1. Hacia un Humanismo de la Dignidad.

          Cierto, cada uno en esta sala es libre y soberano de basar sus ponencias en las categorías mentales considere apropiadas. Hoy les propongo cambiar la página en forma clara: soltar las anclas, navegar con fuerza oteando de maneras humanas, realistas pero sonadoras, nuestro futuro como ciudadanos del fin de mundo, del septentrional Cono Sur de Chile. Aprovechar la revolución tecnológica en marcha y la nueva era de posmodernidad madura para examinar con nuevos ojos las bases del país que queremos y que podemos construir.

          Propongo que nos aboquemos al fascinante tema del humanismo de la dignidad del chileno y chilena. Hagámoslo con el foco imperecedero del Humanismo Cristiano, andamiaje clásico que sirve para iluminar viejas aristas de disyuntivas humanas centrales. Claro, con el deber nuestro de hacerlo “aggiornando”: actualizando varias categorías que al haberse planteado hace mucho por autores como Montaigne, León XIII, Jacques Maritain, Isaiah Berlin y tantos otros, necesitan ponerse en mejor conversatorio para afrontar los temas candentes del presente.

          De partida, esta discusión debería situarse en planos más complejos y elevados que los del mero mercado, del bienestar material, del papel regulador estatal, de la gratuidad o del lucro bien definido. Al salir del mundo de la ecuación del crecimiento, necesario pero muy estrecho, nos volvemos más abiertos para encontrar reformulaciones que nos acerquen en el terreno humano: conversando con libertad, con aspiraciones espirituales y artísticas y, sobre todo, con un sentido de trascendencia a nuestras identidades y confluencias en el Ser, como chilenos en el siglo XXI.

          Estas frases no significan desprecio alguno por la historia. Al revés, consisten en dar a la historia su real sitial de respeto, pero impedirle que monolíticamente nos impida levar anclas; levantar la vista y zarpar con prudencia para navegar en la nave de las necesidades de todos. Así podremos abandonar exclusiones, mitos negativos y todo lo que nos separa como ciudadanos.

          De partida, hago una propuesta específica y clara: postulo que de una vez por todas demos un justo y final entierro al ilustre Karl Marx. Y que en igual ceremonia hagamos otro tanto con Adam Smith. Al primero, enterrémoslo a 100 metros de profundidad: no vaya a ser que nuestra vocación de terremotos lo hiciese reaparecer por accidente y a ras de suelo. Al segundo, lo bajaríamos a unos diez metros bajo superficie, no vaya a ser que algún día nuestra vocación poética y anárquica nos obligue a reanimarlo para que nos recuerde ciertas condiciones necesarias, pero nunca suficientes.

          A modo de síntesis de esta primera parte: levantemos la vista inspirados por las luces del humanismo cristiano y aboquemos nuestros esfuerzos a dos cosas decisivas para cada uno presente hoy en esta sala. Que más pronto que temprano se nos diga: “Tú fuiste valiente, soltaste el ancla, liberaste el cable”. Miraste el porvenir con ojos renovados, con sentimientos cristalinos.

2. Caminar al escenario digno común.

          Pensemos que a pesar de muchas e infames exclusiones – repasemos los horrores de los jóvenes hacinados en el sistema estatal del SENAME o las faltas a la justicia de un machismo negativo y a veces maligno; pensemos, decía, que a pesar de la pobreza remante y de las desigualdades arbitrarias, nuestro país ha podido avanzar. Lo ha hecho, con esfuerzo y paciencia, con inteligencia económica y social, hacia un progreso general en los últimos 30 años. Esta aseveración cierta, por lesera de unos trasnoches ideologizados, no ha querido ser reconocida ni por sirios ni troyanos en nuestro propio país. Sin embargo, es una verdad constatada en cualquier latitud foránea donde se consulte.

          Aún más: la realidad del Chile del 2018 es que contamos con ciertas bases sanas; son pilares histórico-culturales de un sentido de trayectoria país y positivamente distintos. Son fundamentos de madurez económica, social, institucional y ciudadana. Entonces, habrá menos excusas y disquisiciones interesadas para entorpecer, alterar o amenazar un incipiente pero bien renovado aire de convergencia nacional. Un aire situado en un propósito mayor.

          Parece ser que, a pesar de los desencuentros y odiosidades sembradas, el país está logrando encauzar las cosas comunes y las causas corrientes hacia un punto de cambio. Uno donde al fin demos un salto común, solidario y de calidad. Describo ese salto con tres de sus características centrales y de fondo: primero, un salto que sea claro y decidido en priorizar los componentes de calidad del crecimiento económico y no solo los índices agregados generales.

          Segundo, un salto en que sean privilegiadas la acogida y la solidaridad, ambos elementos básicos del enfoque del humanismo cristiano.

          Tercero, un salto que promueva en todos los planos la dignidad de las personas, de manera que aterricemos al fin, en carne y hueso, en un modelo mixto de economía posmoderna basado en las verdaderas necesidades de personas humanas.

          La nueva tarea es más compleja que la pasada. A empresas y gobiernos no se les medirá primordialmente por cantidad, sino que preferentemente por la calidad de las soluciones ofrecidas a problemas viejos y nuevos. Demos algunos ejemplos sencillos: de ahora en adelante se ha de privilegiar la educación de calidad, una capacitación para tecnologías complejas, el impulso a la cultura comunal, un reino de las artes en nuestras calles y en barrios.

          Como habrá siempre mentes algo inquietas con todo esto, doy un reconocimiento obligado. Es cierto: sin un proceso de crecimiento sostenido y vigoroso, que aporte recursos frescos, no podrá haber desarrollo humano sustentable. Pero también es cierto que el mero crecimiento económico cuantitativo, junto a las regulaciones estatales tradicionales, nunca será satisfactorio e inspirador per se para el Chile vivo y profundo: el de ciudadanos anónimos que piden dignidad de trato, respeto a su faceta aspiracional y mucha seguridad a corto plazo.

          En mi calidad de economista profesional, puedo sostener que los saltos cualitativos integradores, positivos y estratégicos que resumo son factibles de realizarse sin disrupciones mayores. Podemos ofrecer así una mejor y más realista base para el desarrollo humano de nuestros ciudadanos. Esa es la nueva clave: no nos quedemos anclados o cortos hablando del desarrollo a secas. Sumemos el inmenso termino ontológico “humano” a la frase: hablemos de desarrollo humano.

          Desarrollo humano de nuestros niños y niñas, de los jóvenes, de los trabajadores maduros, de los empresarios que arriesgan y emprenden, de intelectuales y dirigentes sociales y políticos. No sigamos, como hasta el pasado, podando el sentido real del significado de las cosas buenas. La cosa buena es buena y positiva porque posee alma y sentido, para , para el Otro, para los Otros. En definitiva, posee bondad y realismo para todos Nosotros.

          Finalizo con un “caveat” en tono un poco severo. Se trata de una advertencia o un llamado general. Aquí y ahora, en el escenario de este insigne e histórico lugar, vengo a sostener lo siguiente: No podrá haber un progreso humano, cultural y social, profundo y duradero, si acaso no se gesta hoy y mañana un grado suficiente de unidad nacional de propósitos.

          Se trata de privilegiar siempre y a toda máquina la amistad cívica, la fraternidad en sentido y trato, el respeto a las tradiciones libertarias y lograr todo eso en medio del contexto de diversidad y pluralidad de estilos en una democracia real.

3. Reflexión Final.

          Me agrada, ni sé bien el porqué, culminar toda exposición con una conexión directa al puerto de ideas desde el cual partí. Comencé con una cita perteneciente al poeta Ai Qing, padre del artista Ai Weiwei, quien ya lleva dos visitas a Chile. Voy a citar la transcripción que hice de una de sus formidables respuestas al interrogatorio que hicieron a Weiwei hace diez días, en un teatro de Las Condes atiborrado de jóvenes y viejos. Le preguntaban por los miedos contemporáneos; temores de los ciudadanos de distintas latitudes, razas y lenguas. Weiwei contestó preciso:

“Puedo opinar por mis miedos. Mi miedo más profundo como ser humano sería a perder mi conciencia. A perder así, de ese modo, mi compasión por la humanidad.”

          No perdamos nosotros la conciencia del momento expectante que vive el país. Cito al extinto Juan Pablo II cuando expresaba en sus últimas obras la frase:

“El hombre es libre y por tanto responsable. La suya es una responsabilidad personal y social “.

          Como los chilenos somos libres y aspiramos a profundizar en el horizonte de libertades, es que tenemos la responsabilidad, emulando a Juan Pablo, de responder al desafío de construir el humanismo de la dignidad: aquí, hoy y mañana.

          Con entera prudencia les afirmo: ¡Sí se puede! Gracias por escucharme hoy.

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1. Ponencia expuesta en el seminario Socialcristianismo en Chile: Reflexiones de una Sociedad en Cambio el día 2 de junio del 2018 en el Ex – Congreso Nacional, Santiago de Chile.
2. Es Doctor (Ph.D.) en Economía por la Universidad de Harvard. Ex – Ministro de Hacienda entre 1994 y 1999. Miembro de Progresismo con Progreso.

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